Consumir, un acto político


Marta González Borraz *

Cuál es la verdadera historia de las cosas. Cuánto cuestan en realidad y qué hay detrás de los productos consumidos. Son las preguntas que la urbanista estadounidense Annie Leonard comenzó a hacerse en la fila de una tienda para pagar un aparato de radio que sólo costaba 4,5 dólares. No podía creer que este importe cubriese todos los costes de producción y venta: materiales, transformación, transporte, distribución… Comenzó entonces una investigación que concluyó con una idea: lo que no se paga en la tienda, lo pagan otras personas al otro lado del mundo. El consumo tiene consecuencias sociales, económicas y medioambientales y detrás de muchos productos se esconde la realidad de miles de personas que trabajan en condiciones análogas a la esclavitud con el objetivo de que lo fabricado llegue nuevo, limpio y barato a los escaparates.

Empresas de la industria textil han sido denunciadas en numerosas ocasiones por imponer condiciones precarias a sus trabajadores en países como Bangladesh o Marruecos: insalubridad, inexistencia de derechos laborales, jornadas de entre 12 y 16 horas y salarios de miseria. En la República Democrática del Congo son miles los niños que ven truncado su futuro. Un 30% son explotados en las minas de coltán, un metal esencial para la fabricación de teléfonos móviles, videoconsolas y otros aparatos de alta tecnología. Los recursos naturales se agotan y la producción incesante atenta contra la sostenibilidad medioambiental y la biodiversidad de los ecosistemas. Si toda la población consumiera al mismo ritmo que un residente medio de Estados Unidos se necesitaría un total de cuatro tierras para regenerar la demanda anual de la humanidad sobre la naturaleza.

Annie Leonard llama a estas consecuencias “externalidades negativas”. Se trata de que el coste real de los productos consumidos no está reflejado en los precios. Una lata de Coca Cola provoca efectos directos en la vida de decenas de comunidades locales. La compañía de refrescos más grande del mundo también es la mayor compradora de azúcar. Algunas de sus empresas proveedoras han sido denunciadas por acaparamiento de tierras en Brasil y Camboya. Varias organizaciones han recogido testimonios de familias que han tenido que abandonar sus reservas indígenas.

La deslocalización ha permitido a las multinacionales trasladar sus fábricas a lugares del mundo en los que apenas existe legislación laboral, la mano de obra es más barata, los impuestos que deben pagar inferiores y los controles medioambientales muy laxos. En el modelo imperante, la economía está por encima del ser humano y del interés general y responde a una lógica de crecimiento sin fin. Para el economista Serge Latouche esto solo “conduce al desastre”. “Es impensable crecer y producir de forma ilimitada en un planeta de recursos finitos”, sostiene.

Latouche es uno de los máximos exponentes de la teoría del decrecimiento, que afirma que “vivir con menos es vivir mejor”, para lo que la sociedad debe dejar de consumir por consumir. Sin embargo, existen dos pilares del sistema que lo dificultan: la obsolescencia programada y la percibida. La primera consiste en que los productos están diseñados para ser desechados en un determinado periodo de tiempo, de forma que resultará más fácil y más barato comprar otro nuevo que arreglarlo. La segunda es la que convence al consumidor de que los productos, a pesar de funcionar, ya no son útiles ni actuales. Para ello la publicidad, abanderada del “tanto tienes, tanto vales”, juega un importante papel.

Para las periodistas Nazaret Castro y Laura Villadiego es fundamental que la ciudadanía tome conciencia sobre la procedencia de los productos que consume y sobre qué implicaciones sociales tienen. Por ello, pusieron en marcha el blog Carro de Combate, con el que pretenden manifestar que “el consumo es un acto político”. Consideran que consumir de una forma u otra, o no hacerlo, “es un tipo de activismo que nos puede llevar hacia un modelo más justo y más humano”. Se trata de consumir con criterio y no caer en la trampa de confundir deseos con necesidades. Cooperativas, mercados sociales, intercambios, consumo local y de proximidad… son algunas de las alternativas que proponen y que sitúan a las personas por encima del mercado. El consumo es una herramienta determinante para construir una sociedad digna y equitativa.

  • Periodista
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