El periodismo como ideología


Manuel Aguilera

Volví a verle en una rueda de prensa improvisada en la Plaza de España. Ahí estaba en el pelotón de periodistas poniendo la oreja y apuntando en el cuaderno. Nos cruzamos la mirada pero esta vez no saludó. Ni levantó la cabeza ni sonrió. Ni siquiera me pidió que le llevara a la redacción. No venía a cuento después de haberme vendido de forma descarada. Tiene gracia que utilice «descarada» porque lo que hizo este supuesto compañero fue venderme a cuatro radicales para que pegaran fotos con mi cara por toda la ciudad llamándome «fascista peligroso». Ahí me di cuenta. Sus compañeros no éramos los periodistas sino los que comparten su ideología. Su compromiso no era con los compañeros de profesión sino con los de su secta ideológica. Para él, el periodismo no es un fin sino un medio.

Esto es el periodismo militante, el cual yo mismo creía posible cuando estudiaba la carrera y ahora aborrezco. Pedro J. lo dijo en su discurso de despedida: «El periodismo es un fin en sí mismo». Se refería a la ideología que debe priorizar todo periodista que no es otra que la propia del periodismo, con valores como la verdad, los derechos humanos, la democracia, el interés público y el contrapoder. Los que la ejercen no tienen etiquetas, y no se sabe bien si son de izquierdas o derechas. Son los que se han peleado con todos y ningún partido o sindicato acaba fiándose de ellos porque han dejado de masajearles en algún momento. Eso es periodismo, lo demás son relaciones públicas, Orwell dixit.

Aborrezco al periodista militante porque en el momento de la verdad no ejercerá la función social del periodismo. Es fácil reconocerlos. Déjenles elegir entre defender a un compañero periodista o a un camarada. Cogerán el segundo sin dudarlo, tenga o no razón. Ocurrió recientemente con el acoso a Mayte Amorós. Aunque parezca increíble, hubo compañeros, falsos totalmente, que justificaron la campaña de acoso, incluido el Sindicato de Periodistas, el mismo que no dijo nada ante los carteles con mi cara o las pegatinas de Inda y Urreiztieta.

Obviamente, los periodistas tienen opinión y la objetividad pura no existe. Todos tenemos nuestra interpretación y el relato de los hechos varía dependiendo de quién lo cuente. Eso se llama pluralismo informativo. A algunos tampoco les gusta y lo tachan de ilegítimo cuando no encaja en su ideología. Como dice Jesús Maraña, los periodistas de verdad a veces se equivocan pero nunca mienten. El que miente es el periodista militante que oculta o deforma conscientemente un hecho. El que se guarda en el cajón una exclusiva. El que cubre una manifestación y, de manera consciente, da sólo una versión. El que cambia «grupo terrorista» por «organización armada» dependiendo de la ideología de la bomba.

Hay mucho camino por recorrer al respecto y pedagogía que hacer. En las facultades y todos los medios, incluido El Mundo, cuyo libro de estilo dice: «Toda noticia cuya veracidad y relevancia estemos convencidos será publicada, le incomode a quien le incomode». Ese es el reto. Sólo así viviremos en una democracia real.

En España, la prensa siempre ha sido militante. En el siglo XX la mayoría de periódicos eran afines a un partido y el periodismo de investigación tardó mucho en aparecer. Cabeceras como El Socialista, Solidaridad Obrera o, en los años 80, el diario Liberación, eran militantes. Obedecían a una ideología política. Ahora no hay cabeceras del mismo estilo. Sí es cierto que hay una línea editorial y que hay una ideología socialdemócrata, liberal, conservadora, etcétera, en cada uno de los medios, pero se entiende, no digo que siempre ocurra, que debe primar siempre la ideología del periodismo, la cual no es incompatible con las que he citado. Y esto ha cambiado principalmente por una cosa: porque ahora la mayoría de los periodistas han sido formados en esta ideología en las universidades. Se da en asignaturas como Fundamentos del Periodismo o Ética de la Información.

El principal reto de estos medios es, como dice Casimiro García Abadillo, hacerlos rentables para ser más independientes. La autocensura que impone la dependencia de los grandes anunciantes es evidente. Al final, los medios son empresas y como tales dependen de hacer negocio. Tenemos aquí grandes ejemplos de lo difícil que es ejercer la ideología del periodismo en estas circunstancias. Uno es el que dio lugar al artículo de Agustín Pery: «Periodista ahora y siempre». EL MUNDO había sido penalizado por Globalia después de publicar una información. El que fuera director de este periódico en Baleares los últimos seis años escribió: «No es un acto de gallardía, ni tan siquiera de ética suicida. Simplemente es puro egoísmo. Aspiro a dormir tranquilo». Él eligió ser fiel al periodismo y publicar la información.

Yo ya estoy fuera de EL MUNDO y no tengo ninguna necesidad de adular esta cabecera. Hay algunas cosas que no me gustaron, como buen subordinado antiautoritario que soy, pero en cinco años que estuve, por cada una que no me gustó hubo cien que sí. Contaré una anécdota: un día llevé a Pery un tema que dejaba en mal lugar a Mapfre, empresa que, como pueden imaginar, es un gran anunciante. Tampoco era un tema muy importante así que valorando perjuicio-beneficio no veía muy claro que se publicara y así se lo dije. Él me contestó en seguida: «Hay que ser honrados». Y le dio el espacio que tocaba.

Desde el punto de vista empresarial, la ideología del periodismo no es viable. Tampoco encaja con un público acostumbrado a consumir noticias acordes con su ideología. Como avisó Javier Ortiz, si contrarías a tus lectores corres el riesgo de perderlos. Eso es lo que ha pasado en EL MUNDO con informaciones sobre Bárcenas, Rajoy y compañía. Sin embargo, vale la pena intentarlo. La sociedad, tarde o temprano, sabrá valorarlo y las ventas subirán. En papel o digital, subirán. Sin ideología del periodismo, no hay democracia.

*Manuel Aguilera es periodista y doctor en Periodismo en el CESAG.

Tomado de: http://www.elmundo.es/baleares/2014/03/15/53241d41e2704e4a2f8b4569.html

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